
En ambos relatos cobra especial importancia el papel de la Iglesia que era, dicho coloquialmente, la que dirigía el cotarro. Las ciudades (siempre basándome en la lectura de la novela) se construían alrededor de las catedrales o iglesias y eran los monjes los que decidían en muchos casos el devenir de la población; cobraban los diezmos sobre las tierras o los peajes por cruzar los puentes y hacían de jueces en los altercados entre vecinos, entre una larga lista de privilegios que les daba “el poder de Dios”.
Todo esto viene a santo de éste titular:
“Los obispos piden que no se vote a los que han negociado con los terroristas o aprobado los matrimonios gays”
Antes de continuar, una aclaración: creo que creo en Dios. Y digo “creo” porque a pesar de haberme criado con una educación cristiana, saberme todas las parábolas de la Biblia casi de memoria y seguir como ética personal el “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, no me cabe en la cabeza “creer” que esta iglesia es el brazo de Dios en la tierra. A mí me está empezando a recordar bastante a la Iglesia que he descrito anteriormente, la de la Edad Media. La que pretende gobernar a los ciudadanos, la que quiere por todos los medios tener el monopolio de la educación y la que cree que la suya es la única verdad existente y todopoderosa. Una Iglesia selectiva que no acepta a todos sus discípulos, sino que se reserva el derecho de admisión y mucho me temo que a mí no me deja entrar con zapatillas.
Lo siento mucho, pero yo no vivo en la Edad Media. Vivo en el siglo XXI.